
En la foto un bonsai, creo que un olmo, haciendo un otoño.
Y las gracias por el año que pasó a los que están, a los que están lejos (son tantos!!!) a los que ya no estarán más (mi querido rey de los elefantes, la sole y sus ángeles), pero que siguen estando.
BARCELONA
Ya estoy casi instalada en Barcelona. Llegué hace cuatro días y tengo pieza arrendada por un mes mientras encuentro algo un poco más definitivo.
Hoy hice algunos trámites como abrir mi cuenta, comprar celular. Me queda el empadronamiento y con eso ya puedo empezar a buscar alguna pega.
Mis clases empiezan el 16, así que por ahora me dedico a pasear por la ciudad, que tiene un clima tan húmedo como Panamá. Tanto que dormí una siesta y soñé que estaba en Ciudad de Panamá comprando unos chocolates para Tamila.
Para pasear por la ciudad me sirven mis 15 años de hija única. Camino sola y paro a tomar un café o a fumar un cigarros en cualquier parte. Ayer fui a la playa a dormir un rato y a releer Papeles Salvajes de Marossa Di Giorgio. Mi libro de almohada que me hace sentir la ciudad o a mi misma más familiar. Porque aquí estoy sola con mi libro de Marossa, el Genji Monogatari (que no puedo llevar a la playa), una historia de Asia, para no llegar tan colgada el lunes, y nada más. También algunas cartas de antes de partir, un par de fotos y una tarjeta que me escribió Enrique hace muchos años.
No he querido mirar las fotos de la despedida porque creo que se me caerían las lágrimas y el aire ya está lo suficientemente húmedo.
Lo pasé tan bien las semanas antes de venirme, que me cuesta un poco estar acá. Pero bueno, estar acá casi no era una elección. Mis estudios asiáticos. A veces no quisiera haber agarrado nunca de la biblioteca de Enrique ese libro de Mishima. Se debe estar riendo en alguna parte, porque han pasado diez años y por culpa de ese libro vendí lo que no tenia para ir a Tokio y ahora estoy en una ciudad donde nunca pensé estar. Me acuerdo perfecto que lo leí cuando tenía 19 años. Y no pude dejar de pensar en esa belleza tan cruda, imperfecta. Aún hoy. La fiebre asiática que me pegué a los 19 años, como dicen mis amiguis.
Y no hay más que eso, con eso uno se sube al avión y con eso sigue.
Y claro que la cabeza se me va, vuelve a Chile, a ciertos departamentos y calles que por un minuto habría habitado para siempre.
Pero acá estoy, y es eso.
Espíritu de las cosas. Un ángel: un ángel durmiendo en la palma de una mano. Avecitas niñas que mirábamos: entrar por la ventana o salir sin aviso de los jarrones para cruzar la casa como luz o saltamontes blanco. Sólo algunos tenían el don de hacerlos dormir entre sus manos. Las pequeñas alas quietas, el ángel respirando por un segundo al ritmo de las cosas. El resto susurraba es el amor, es el amor del ángel. Los de la casa queríamos cuidarlo para siempre, velarle el sueño.
Sábado en la mañana: pensabamos en ceremonias del té a las que no habíamos asistido pero podíamos imaginar: la dignificación de la pequeñez y del gesto, objetos que nos parecían hermosos (una taza de porcelana con forma de flor que mirábamos al pasar por la tienda del anticuario) porque intuíamos en ellos:
la impermanencia de las cosas
la belleza de lo incompleto e imperfecto
tratados orientales en los que todo transcurre en medio del silencio y la penumbra de un espacio vacío. Sara y Fran también habían decidido gastar el tiempo en cosas inútiles. Yo enfrascada por años en entender una caligrafía extraña. Fran en el cultivo de rosas. Sara en sus kamikazes y dibujos. Un vacío que compartíamos y nos hacía hermanos. Vacío el principio, vacío el final y mientras tanto: una taza de té donde mirar el universo.
También una poeta favorita:
Las historias se agolparon de súbito, comenzó la visión. El personaje transitaba de espaldas; pero yo le veía la nuca armoniosa y casi le reconocía, oh, ¿no era aquel primo hermano de mi madre ¿Aquel amigo preferido de la casa? ¿o mi primer novio? ¿o quien nos había salvado hacía tiempo en una tarde de lobos? Me atrevía a interrumpir a mi madre; ella se volvió –el rubí sobre las cejas- entre interrogando y distraída. Y yo: ¡Mariano Isbel! Porque de súbito recordé el nombre, y me pareció que con eso estaba ya todo dicho. ¡Mariano Isbel! El personaje me volvía el rostro oscuro, los ojos brillantes.
Oh, sí, era aquel amigo preferido de la casa, y mi primer novio. Y rescaté la tarde, con trigos y con lilas; y el viejo carromato y las niñas, cuando fuimos al horizonte, y Mariano Isbel nos salvó a todos de la sombra de un lobo. Oh, y después se había muerto. Después se había muerto. Clamé: ¿Cómo nos hemos olvidado de Mariano Isbel?... ¿Pero cómo nos hemos olvidado?...
Todos me miraban entre interrogando y distraídos. Y como las lágrimas me inundaron el rostro, las criadas me llevaban desde la mesa a la alcoba. Oí los rumores y los himnos del final de la cena, las enaguas de flores de mis primas que se recogían, el paso de reina de mi madre. Lloraba tratando de retener el sollozo; pero, las lágrimas me inundaron el hombro, las sábanas, y así, empecé a llorar a gritos, enloquecida; y mi madre se arrodilló y me tomó los hombros, y me decía: -Niña, pequeña mía te vas a volver loca. Mira que te vas a volver loca. Nombras a alguien que nunca existió. Hablas de alguien que nunca existió.
Y lo terrible era que en lo hondo, yo no ignoraba que ella decía la verdad. Haciendo un esfuerzo supremo me rehice y sonreí. Entonces, ellos se iban y se llevaban las lámparas. Del otro lado de los vidrios, la luna se encendió y me envío algo blanco, una avecilla, un patito de dulzuras, que me entró en la sangre, en el corazón. Iba a volverme feliz, y a cerrar los párpados , cuando allí en la media sombra, sobre la vieja arca, sentado, rígido, vi a Mariano Isbel que me dijo: -Llórame.
Nuestra mesa siempre fue un desastre. No sabíamos oler el vino. No sabíamos beber el vino. Tal vez por eso los demás volvían la vista hasta que quedábamos pequeños. Sara, Fran y yo irreconocibles, diminutos, estirando los brazos hacia las lámparas de la casa. Nuestro dios: también pequeño, insecto blanco que sabíamos: se alimentaba de luz.
Se subía a los árboles y les dibujaba manzanas, miraba el cielo y le dibujaba estrellas, las flores y les dibujaba vestidos.
1,
2, 3,
4, 5,
6, 7,
8, 9:
el cielo de Sara.
Sara te das cuenta como hay un día que parte la vida en dos. Ser espectador de ese día deja también una fisura. No es dolor, sólo una grieta como la que mirábamos de niñas en el muro. Las dos calladas (cosa rara).
Son esas grietas las que te hacen pensar en sistemas de protección, en gestos. Para los tuyos, que no son tantos. Si finalmente son los mismos con los que aprovechabas el sol en los recreos. Se sumaron dos o tres que eran igual a esos y no más (el resto nombres, caras que alguna vez pensaste podrían partir tu vida en dos, pero que ahora ves de lejos, veladas)
Porque cuando te das cuenta de que el tiempo es poco, vuelves por abrigo, no se a dónde, pero vuelves a algo.
Hoy enterramos a Pancho, el novio y compañero de Marisel.
No sabemos por qué alguien elige tomar un día su auto y bajar en un cerro de una cuidad como esta para no volver a salir nunca. No sabemos lo que piensa en el trayecto. No sabemos nada de una despedida como esa. Pensaba en ella o tal vez ya no pensaba en nada. Los que estudian a los suicidas dicen que hay un momento previo al abandono de la vida en que se abandonan los lazos y los pensamientos.
Y yo creo no entender pero intuyo que los que estudian a los suicidas no saben nada de esa última vez que se recorre el camino entre una cuidad y un cerro.
Y qué se hace con la novia tan bella y que recorre ahora las calles con ojos de sonámbula.
Que otra cosa sino pedir perdón por haber construido una casa en la que tal vez faltó el sillón donde los amigos pudieran llorar sin decir nada. Perdón porque en la última conversación y como siempre hablamos demasiado de nosotros mismos. Por haber hecho de nuestra casa un lugar frío en el que encontrar el último disco o libro de moda, pero no abrigo.
Y cuando estaba tratando de convencer a Fran de que la única solución para formar una comunidad acuática era tomarnos un barco a oriente (eran como la dos de la mañana y caminábamos por una calle del centro) nos encontramos con una casa que parecía acuario o casa de juguete. Entramos. Adentro alguien a quien no conocíamos, que dijo que vivía como un pescado nos dio café y nos prestó calcetines. Acuarios y mares como esos: que alivio.