Si alguien quiere saber más sobre las movilizaciones de los estudiantes secundarios de Chile aquí hay una dirección donde se pueden ver sus blogs.
http://insomniac0.blogspot.com
Las marchas fueron ayer y hoy en Santiago.

Sábado en la mañana: pensabamos en ceremonias del té a las que no habíamos asistido pero podíamos imaginar: la dignificación de la pequeñez y del gesto, objetos que nos parecían hermosos (una taza de porcelana con forma de flor que mirábamos al pasar por la tienda del anticuario) porque intuíamos en ellos:
la impermanencia de las cosas
la belleza de lo incompleto e imperfecto
tratados orientales en los que todo transcurre en medio del silencio y la penumbra de un espacio vacío. Sara y Fran también habían decidido gastar el tiempo en cosas inútiles. Yo enfrascada por años en entender una caligrafía extraña. Fran en el cultivo de rosas. Sara en sus kamikazes y dibujos. Un vacío que compartíamos y nos hacía hermanos. Vacío el principio, vacío el final y mientras tanto: una taza de té donde mirar el universo.
También una poeta favorita:
Las historias se agolparon de súbito, comenzó la visión. El personaje transitaba de espaldas; pero yo le veía la nuca armoniosa y casi le reconocía, oh, ¿no era aquel primo hermano de mi madre ¿Aquel amigo preferido de la casa? ¿o mi primer novio? ¿o quien nos había salvado hacía tiempo en una tarde de lobos? Me atrevía a interrumpir a mi madre; ella se volvió –el rubí sobre las cejas- entre interrogando y distraída. Y yo: ¡Mariano Isbel! Porque de súbito recordé el nombre, y me pareció que con eso estaba ya todo dicho. ¡Mariano Isbel! El personaje me volvía el rostro oscuro, los ojos brillantes.
Oh, sí, era aquel amigo preferido de la casa, y mi primer novio. Y rescaté la tarde, con trigos y con lilas; y el viejo carromato y las niñas, cuando fuimos al horizonte, y Mariano Isbel nos salvó a todos de la sombra de un lobo. Oh, y después se había muerto. Después se había muerto. Clamé: ¿Cómo nos hemos olvidado de Mariano Isbel?... ¿Pero cómo nos hemos olvidado?...
Todos me miraban entre interrogando y distraídos. Y como las lágrimas me inundaron el rostro, las criadas me llevaban desde la mesa a la alcoba. Oí los rumores y los himnos del final de la cena, las enaguas de flores de mis primas que se recogían, el paso de reina de mi madre. Lloraba tratando de retener el sollozo; pero, las lágrimas me inundaron el hombro, las sábanas, y así, empecé a llorar a gritos, enloquecida; y mi madre se arrodilló y me tomó los hombros, y me decía: -Niña, pequeña mía te vas a volver loca. Mira que te vas a volver loca. Nombras a alguien que nunca existió. Hablas de alguien que nunca existió.
Y lo terrible era que en lo hondo, yo no ignoraba que ella decía la verdad. Haciendo un esfuerzo supremo me rehice y sonreí. Entonces, ellos se iban y se llevaban las lámparas. Del otro lado de los vidrios, la luna se encendió y me envío algo blanco, una avecilla, un patito de dulzuras, que me entró en la sangre, en el corazón. Iba a volverme feliz, y a cerrar los párpados , cuando allí en la media sombra, sobre la vieja arca, sentado, rígido, vi a Mariano Isbel que me dijo: -Llórame.
Nuestra mesa siempre fue un desastre. No sabíamos oler el vino. No sabíamos beber el vino. Tal vez por eso los demás volvían la vista hasta que quedábamos pequeños. Sara, Fran y yo irreconocibles, diminutos, estirando los brazos hacia las lámparas de la casa. Nuestro dios: también pequeño, insecto blanco que sabíamos: se alimentaba de luz.