Flipando en colores


Espíritu de las cosas. El color blanco: un hombre de nieve: un hombre de azúcar como hombre de nieve pero infinitamente más pequeño. También con bufanda. Imaginaba un país así. Dentro de un azucarero. No, no, no Willy. Yo no vivía dentro del azucarero: sólo imaginaba. ¿Como hacía cuando me ponían dentro de una taza de café? Creo que nadaba y me reunía con los niños de café y los niños de agua que jugaban dentro de las tazas. ¿Sólo en invierno? Sí, sólo en invierno. En el verano los niños de café dormían dentro de un grano. Los de agua no estaban, creo que iban a nadar a un río. ¿Qué pasaba mientras tanto con el azucarero? Seguía en la mesa: al lado de la tetera, de las tazas.

Sábado en la mañana: pensabamos en ceremonias del té a las que no habíamos asistido pero podíamos imaginar: la dignificación de la pequeñez y del gesto, objetos que nos parecían hermosos (una taza de porcelana con forma de flor que mirábamos al pasar por la tienda del anticuario) porque intuíamos en ellos:
la impermanencia de las cosas
la belleza de lo incompleto e imperfecto
tratados orientales en los que todo transcurre en medio del silencio y la penumbra de un espacio vacío. Sara y Fran también habían decidido gastar el tiempo en cosas inútiles. Yo enfrascada por años en entender una caligrafía extraña. Fran en el cultivo de rosas. Sara en sus kamikazes y dibujos. Un vacío que compartíamos y nos hacía hermanos. Vacío el principio, vacío el final y mientras tanto: una taza de té donde mirar el universo.
También una poeta favorita:
Las historias se agolparon de súbito, comenzó la visión. El personaje transitaba de espaldas; pero yo le veía la nuca armoniosa y casi le reconocía, oh, ¿no era aquel primo hermano de mi madre ¿Aquel amigo preferido de la casa? ¿o mi primer novio? ¿o quien nos había salvado hacía tiempo en una tarde de lobos? Me atrevía a interrumpir a mi madre; ella se volvió –el rubí sobre las cejas- entre interrogando y distraída. Y yo: ¡Mariano Isbel! Porque de súbito recordé el nombre, y me pareció que con eso estaba ya todo dicho. ¡Mariano Isbel! El personaje me volvía el rostro oscuro, los ojos brillantes.
Oh, sí, era aquel amigo preferido de la casa, y mi primer novio. Y rescaté la tarde, con trigos y con lilas; y el viejo carromato y las niñas, cuando fuimos al horizonte, y Mariano Isbel nos salvó a todos de la sombra de un lobo. Oh, y después se había muerto. Después se había muerto. Clamé: ¿Cómo nos hemos olvidado de Mariano Isbel?... ¿Pero cómo nos hemos olvidado?...
Todos me miraban entre interrogando y distraídos. Y como las lágrimas me inundaron el rostro, las criadas me llevaban desde la mesa a la alcoba. Oí los rumores y los himnos del final de la cena, las enaguas de flores de mis primas que se recogían, el paso de reina de mi madre. Lloraba tratando de retener el sollozo; pero, las lágrimas me inundaron el hombro, las sábanas, y así, empecé a llorar a gritos, enloquecida; y mi madre se arrodilló y me tomó los hombros, y me decía: -Niña, pequeña mía te vas a volver loca. Mira que te vas a volver loca. Nombras a alguien que nunca existió. Hablas de alguien que nunca existió.
Y lo terrible era que en lo hondo, yo no ignoraba que ella decía la verdad. Haciendo un esfuerzo supremo me rehice y sonreí. Entonces, ellos se iban y se llevaban las lámparas. Del otro lado de los vidrios, la luna se encendió y me envío algo blanco, una avecilla, un patito de dulzuras, que me entró en la sangre, en el corazón. Iba a volverme feliz, y a cerrar los párpados , cuando allí en la media sombra, sobre la vieja arca, sentado, rígido, vi a Mariano Isbel que me dijo: -Llórame.
Nuestra mesa siempre fue un desastre. No sabíamos oler el vino. No sabíamos beber el vino. Tal vez por eso los demás volvían la vista hasta que quedábamos pequeños. Sara, Fran y yo irreconocibles, diminutos, estirando los brazos hacia las lámparas de la casa. Nuestro dios: también pequeño, insecto blanco que sabíamos: se alimentaba de luz.

Se subía a los árboles y les dibujaba manzanas, miraba el cielo y le dibujaba estrellas, las flores y les dibujaba vestidos.
1,
2, 3,
4, 5,
6, 7,
8, 9:
el cielo de Sara.
Sara te das cuenta como hay un día que parte la vida en dos. Ser espectador de ese día deja también una fisura. No es dolor, sólo una grieta como la que mirábamos de niñas en el muro. Las dos calladas (cosa rara).
Son esas grietas las que te hacen pensar en sistemas de protección, en gestos. Para los tuyos, que no son tantos. Si finalmente son los mismos con los que aprovechabas el sol en los recreos. Se sumaron dos o tres que eran igual a esos y no más (el resto nombres, caras que alguna vez pensaste podrían partir tu vida en dos, pero que ahora ves de lejos, veladas)
Porque cuando te das cuenta de que el tiempo es poco, vuelves por abrigo, no se a dónde, pero vuelves a algo.
Hoy enterramos a Pancho, el novio y compañero de Marisel.
No sabemos por qué alguien elige tomar un día su auto y bajar en un cerro de una cuidad como esta para no volver a salir nunca. No sabemos lo que piensa en el trayecto. No sabemos nada de una despedida como esa. Pensaba en ella o tal vez ya no pensaba en nada. Los que estudian a los suicidas dicen que hay un momento previo al abandono de la vida en que se abandonan los lazos y los pensamientos.
Y yo creo no entender pero intuyo que los que estudian a los suicidas no saben nada de esa última vez que se recorre el camino entre una cuidad y un cerro.
Y qué se hace con la novia tan bella y que recorre ahora las calles con ojos de sonámbula.
Que otra cosa sino pedir perdón por haber construido una casa en la que tal vez faltó el sillón donde los amigos pudieran llorar sin decir nada. Perdón porque en la última conversación y como siempre hablamos demasiado de nosotros mismos. Por haber hecho de nuestra casa un lugar frío en el que encontrar el último disco o libro de moda, pero no abrigo.

Y cuando estaba tratando de convencer a Fran de que la única solución para formar una comunidad acuática era tomarnos un barco a oriente (eran como la dos de la mañana y caminábamos por una calle del centro) nos encontramos con una casa que parecía acuario o casa de juguete. Entramos. Adentro alguien a quien no conocíamos, que dijo que vivía como un pescado nos dio café y nos prestó calcetines. Acuarios y mares como esos: que alivio.